Hoy en día, sentarse en una mesa y encontrar los cubiertos ya dispuestos suele ser algo habitual sobre lo que no reparamos, salvo que alguno de ellos esté ausente.

Pero, de dónde vienen los cubiertos?

A finales de la Edad Media, más precisamente durante el Renacimiento, sólo una parte de la aristocracia francesa tenía dispuestos sobre la mesa sus propios utensilios, más comúnmente cuchara y cuchillo. Se ubicaban debajo de una especie de lienzo que además resguardaba los alimentos y las bebidas por miedo a ser envenenados, de ahí el nombre de “cubiertos”.  En general, el cuchillo se utilizaba para pinchar un gran trozo de carne y acercarlo hasta el plato para luego consumirlo con la ayuda de los dedos. La cuchara, por su parte, se usaba principalmente para los caldos y consomés y alguna que otra vez para cortar los productos más nobles. El plato individual fue descubierto por Francisco Primero en Italia en el siglo XVII y el vaso individual, dos siglos después. Quienes no pertenecían a la aristocracia, compartían aún vasos y platos.

Si bien el tenedor estaba tímidamente presente desde la antigua Roma, su presencia en Italia fue más evidente a partir del siglo XI y en Francia aparece recién en el siglo XIV. Aparentemente es Catalina de Médicis quien lo lleva a Francia en 1574 cuando se instala en la corte de ese país. Pero pasó mucho tiempo hasta ser aceptado ya que al principio era motivo de burlas. Inclusive el Rey Sol (Louis XIV) solía comer aún con sus dedos y prohibía a sus nietos utilizarlo por encontrar el uso del tenedor afeminado.

A partir del siglo XVI, en pleno Renacimiento, las buenas costumbres también hicieron su aparición. Fue el teólogo holandés Erasmo de Rotterdam quien decidió escribir un folleto llamado “La civilité puérile” donde a través de siete capítulos, instruía sobre los comportamientos a tener en la sociedad; el capítulo cuatro estaba dedicado a las buenas maneras en la mesa. Los consejos eran concretos y fueron difundidos por toda Europa. Aquí algunos de ellos:

Erasmo de Rotterdam

“Es cosa poco conveniente ofrecerle a alguien un trozo de comida que ya hemos masticado […] lo mismo que es inapropiado buscar en el fondo de nuestra garganta alimentos y dejarlos sobre el plato”; “Chuparse los dedos grasosos o limpiarlos en la ropa es cosa poco conveniente; más vale utilizar una servilleta o el propio mantel”; “Antes de beber, vacía tu boca […] Abrir exageradamente los ojos mientras se bebe para mirar lo que sea es inapropiado, tanto como girar el cuello como una cigüeña” ; “Si algo queda entre los dientes, no hay que sacarlo con la punta del cuchillo, ni con las uñas como lo hacen los perros y gatos” …

Muchas de estas recomendaciones nos quedan en la actualidad, otras evolucionaron y algunas desaparecieron con el paso del tiempo, como por ejemplo : “Coloca la servilleta sobre tu hombro o sobre tu brazo izquierdo”.

Alimentarse con moderación e incorporar las buenas costumbres y reglas de cortesía en la mesa fueron una forma de dar inicio al placer de disfrutar una buena comida. El hombre ávido por los alimentos y con malos comportamientos fue volviéndose gourmet y refinado tanto en sus gustos como en sus costumbres.

Por Paula Ruiz